Mujeres andinas: el cuidado de la biodiversidad

Por Mailer Mattié (*)
Fotos de Martín Chambi (1891-1973)

Mujeres andinas

El antiguo Tahuantinsuyo, el imperio de los hijos del Sol, integrado por los pueblos que habitaban Los Andes centrales en Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia, norte de Chile y Argentina, fue también un territorio donde se desarrolló una intensa actividad agrícola. Hace miles de años, sus pobladores crearon distintos procesos y técnicas con el fin de adaptar plantas y animales a tierras altas y áridas. La sobrevivencia exigía también un contexto social basado en principios comunitarios.

Junto a la domesticación de la llama y la alpaca, diversos cultivos crecieron en terrenos situados entre 2 mil y 4 mil metros sobre el nivel del mar. Entre ellos, la quinua, la quiwicha (amaranto), el tarwi (soja andina) y sobre todo cientos de variedades de papa. La quinua es un cereal que fue considerado por los incas alimento sagrado; su valor nutritivo se compara al de la leche materna, superior incluso al de la carne y pescado.

Muchos alimentos originarios, sin embargo, se extinguieron durante la conquista española. No obstante, algunos sobrevivieron al exterminio, conjuntamente con las formas tradicionales de producirlos. Se conserva, por ejemplo, el sistema comunitario de producción denominado Aynoca (1) . En lengua aymara este término indica solidaridad (ayno). Como actividad productiva se fundamenta, además, en el uso sostenible de los recursos locales. Las siembras se realizan generalmente entre 2.800 y 3.200 metros de altitud; las decisiones y el trabajo tienen carácter colectivo. El proceso incluye la rotación de los cultivos, para dar a los suelos un período de descanso de 7 a 8 años y utilizarlos para el pastoreo. La productividad suele ser elevada, evitándose el uso de agroquímicos.

Este sistema permite, por otra parte, mantener eficientemente la biodiversidad. Se produce en la aynoca gran variedad de especies agrícolas en cuanto a formas, sabores, colores y resistencia a plagas y heladas. Una misma comunidad, en efecto, puede obtener diferentes tipos de tubérculos, granos y gramíneas: papalisa, papa mejorada, papa nativa mejorada, nativa poco comercial, nativa no comercial; oca blanca, amarilla, morada, silvestre, etc. Dicha diversidad es portadora, claro está, de un importante valor biológico; también, sin duda, del conocimiento local acumulado durante cientos de años a través del cuidado y mejoramiento de las semillas. Los productos obtenidos tienen, además, distintos usos que, en conjunto, garantizan un alto nivel de seguridad a la subsitencia comunitaria: alimentos, plantas medicinales, forraje para animales, materias primas destinadas a manufacturas y artesanías, entre otros.

El hombre y la Llama

De igual modo, métodos y técnicas ancestrales para la conservación y preparación de los alimentos también se mantienen en la actualidad. Destaca el proceso de elaboración del chuño (harina de papa), que consiste en exponer las papas a fuertes heladas nocturnas durante varios días; una vez congeladas, se secan al sol para quitarles luego la piel frotándolas con el suelo. Obtenida la harina, puede almacenarse incluso durante años.

Hoy día, pues, miles de hombres y mujeres en Los Andes, a la vez que defienden sus formas tradicionales de subsistencia, preservan para la humanidad valiosos conocimientos y recursos genéticos, apoyados en principios básicos de solidaridad y cooperación social.

El trabajo de las mujeres

La responsabilidad de la mujer en las actividades agrícolas y el cuidado de la biodiversidad es determinante en Los Andes, tal como sucede en muchas otras regiones del mundo. En África Subsahariana, ellas cultivan más de cien especies tradicionales destinadas a la subsistencia familiar, mientras los hombres se encargan de los cultivos comerciales. En Bolivia, Colombia y Perú, es a las mujeres principalmente a quienes se confía la selección de semillas. Sostienen así culturas y formas de vida, afrontando la discriminación, los programas de ajuste estructural y la pobreza.

Los altos Andes

Ante la imposición de los cultivos comerciales para exportación en los países del Sur, son justamente las mujeres campesinas e indígenas quienes valoran los cultivos tradicionales. Estos necesitan pocos insumos, están adaptados al medio, son ricos en nutrientes y contribuyen a desarrollar la diversidad agrícola local. Su trabajo es, por tanto, decisivo en la creación de satisfactores para la subsistencia. Producen, a saber, hasta el 80% de los alimentos para sus familias y comunidades. La economía, sus instrumentos e instituciones, sin embargo, margina continuamente las actividades de estas mujeres, desprecia sus conocimientos e invisibiliza la importancia de sus aportes.

En Perú, sobre terrenos situados a más de 3 mil metros de altitud en la región de Puno, sus habitantes distribuyen las tareas agrícolas entre las aynocas y pequeñas parcelas familiares (chacras). En éstas, las mujeres pueden llegar a cosechar ("criar") hasta 30 variedades de papa. Junto a las especies comerciales, cultivan también las nativas para exclusivo consumo familiar. Su rendimiento suele ser menor, pero resisten heladas, no requieren pesticidas y son muy apreciadas por sus distintos sabores y usos culinarios. El cultivo de papas nativas incluye aquellas de sabor amargo, especiales para la elaboración del chuño. Las mujeres cultivan igualmente otros productos como frijoles, distintas clases de oca, olluco y mashwa. Preservar la producción tradicional es, por tanto, garantía de seguridad alimentaria y de autonomía en relación al mercado. En los andes peruanos, de hecho, 100 mil mujeres aproximadamente realizan esta labor.

Sucede lo mismo, ciertamente, en otros países andinos. Es el caso de Bolivia, donde el 70% de los alimentos proviene de cultivos campesinos e indígenas (2) . Allí también las mujeres participan en la conservación de una gran variedad genética de papas, oca, quinua y papa lisa, sobre todo en zonas cercanas al lago Titicaca.

Ferias de semillas

Indígenas andinos

En algunos países africanos, a principios de los años noventa comenzaron a realizarse las llamadas ferias de semillas. El objetivo era enfrentar la creciente erosión genética, provocada específicamente por cambios climáticos que habían aparecido durante la década anterior. En breve tiempo se extendieron a otros lugares, incluyendo los países andinos donde cada vez son más frecuentes. En Colombia, por ejemplo, en diciembre de 2003 se celebró la Fiesta Nacional de las Semillas. Unos 300 participantes, hombres y mujeres, mostraron decenas de variedades de semillas de papa, frijoles, maíz, quinua, yuca, mandioca, entre otras (3) . En general, durante estos encuentros se intercambian importantes recursos genéticos entre comunidades vecinas y lejanas. Las ferias permiten, además, conocer el uso adecuado de cada variedad y sus características particulares en cuanto a resistencia, productividad, etc. Son celebraciones campesinas que revitalizan, asimismo, el trueque y la cooperación. Constituyen, por otra parte, un espacio privilegiado donde se manifiesta el cuidado y atención de las mujeres en relación al mantenimiento de la biodiversidad. Se ha comprobado, en efecto, que su participación en estos eventos es mayor que la de los hombres.

Contrario a las pretensiones de las transnacionales biotecnológicas y la Organización Mundial del Comercio (OMC), en estos encuentros las semillas no se presentan como mercancías, y menos como instrumentos de control y dominación económica. Su intercambio tiene como objetivo, en general, reducir la enorme vulnerabilidad de los modos de vida tradicionales, respecto tanto a las políticas de libre comercio como a las catástrofes naturales. Las ferias, por supuesto, presentan el riesgo de exponer a intereses privados y a la biopiratería parte importante de la riqueza genética de una región. No obstante, su contribución a la defensa de la soberanía alimentaria de los pueblos y del carácter colectivo de los conocimientos es insustituible.

Sabiduría alternativa

Mujeres de los Andes

Proteger las condiciones en las cuales las mujeres campesinas e indígenas de Los Andes participan en el sostenimiento y desarrollo de la diversidad agrícola exige, sin duda, la valoración de sus culturas ancestrales. Demanda igualmente el pleno reconocimiento de su labor, destacando la importancia de su cooperación para garantizar la indispensable seguridad alimentaria (4) . Los Estados nacionales, en consecuencia, deben comprometerse firmemente a tomar las medidas necesarias para tales fines, incluyendo políticas de género, el amparo legal del conocimiento comunitario y el rechazo a las patentes sobre la vida (5).

Expertas las mujeres no sólo en conservación, sino también en la utilización sinérgica de los bienes que cosechan (alimentos, medicinas, rituales, etc.), su sabiduría debe ser reconocida y salvaguardada para las generaciones futuras. Constituye, sin más, una inestimable alternativa a la dudosa racionalidad que rige la expansión de los mercados, imponiendo el consumo de bienes de uso único, producidos mediante costosas e insostenibles tecnologías. Su trabajo tenaz y conocimientos representan, en suma, una forma de resistir el poder de los intereses del libre comercio y las políticas neoliberales. En fin, defienden las mujeres con su trabajo el derecho que tienen las comunidades a elegir sus modos de vida y su relación con la naturaleza, en base a sus propios principios sociales y culturales.


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Notas:


(1) Tito Villarroel Coca: Producción sostenible y conservación de la biodiversidad agrícola en sistemas tradicionales. Análisis de la racionalidad productiva ecológica de alta montaña. Prometas. Bolivia, s.f.

(2) Julio Rea: "Manejo y conservación comunitaria de recursos genéticos agrícolas en Bolivia" en: BIODIVERSIDAD, Nº 17. Montevideo, octubre de 1998.

(3) BIODIVERSIDAD, Nº 39. Montevideo, enero de 2004.

(4) VÍA CAMPESINA. Campaña Mundial de Semillas. Caaguazú, Paraguay, abril de 2003.

(5) Taller Permanente de Mujeres Indígenas Andinas y Amazónicas del Perú. Las mujeres indígenas del Perú frente a la discriminación y racismo con los pueblos indígenas. Documento elaborado para la III Conferencia Mundial Contra el Racismo, la Discriminación, la Xenofobia y Otras Formas Conexas de Intolerancia. Lima, marzo de 2001.

(*) Mailler Mattié. Economista venezolana, especialista en antropología económica. Escribe en diversos medios de Europa y América sobre la cultura y la resistencia de los pueblos indígenas de los países andinos latinoamericanos. Es autora de Los bienes de la aldea, subsistencia y diversidad (2007) y La economía no deja ver el bosque. Artículos 2002-2006. Forma parte del Osservatorio Informativo Indipendiente Sulle Americhe (www.selvas.org).
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20 de septiembre de 2009

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